CAPÍTULO 24

—Cariño ¿estás bien? —se acerca él preocupado.

—Sí. No te preocupes. —responde ella levantándose.

Entonces Cassandra toma una almohada y le golpea con ella.

—¡Eh, tramposa! —dice él sorprendido. —Ahora verás. —responde Carlos sonriendo mientras toma la otra almohada y le devuelve el golpe.

Mientras pelean con las almohadas, ambos hacen muecas con la cara.

—¡Payaso!

—¡Payasa!

La bailarina mira la televisión. Alguien canta, pero ella no se fija en quien lo hace, solo que el tema la incita a hacer el gamberro.

Y eso es lo que comienza a hacer. Baila de la manera más tonta y ridícula que conoce.

Carlos la mira y sonríe.

«¿Esta es la misma mujer tímida que se sonroja con facilidad?» «No puede ser» piensa el venezolano, mientras la mira y se ríe.

«Estoy saliendo con dos mujeres y yo sin saberlo» piensa.

Carlos, que también es un poco gamberro comienza a imitarla.

Durante un rato la pareja hace el tonto sin importarles quien pueda verlos. Se lo están pasando bien, lo demás les trae sin cuidado. Cuando horas más tarde se separen, ambos recordarán todo eso y sonreirán.

—¿Es qué nunca te cansas? —pregunta ella sonriendo mientras los dos siguen comportándose como dos niños grandes.

—¿De qué? —responde él.

—De hacer el ganso. —explica ella

—No. Nunca. —se sincera él. —Además eres tú quien me ha picado. —dice el cantante de manera malévola.

—¿¡Yo!? —contesta ella posando ambas manos sobre su pecho de manera cómica. —Con lo buena y seria que yo soy. —bromea.

—Sí sí, seria. —se ríe él. —Es verdad. Eres muy buena. —asegura el venezolano mirando a su novia sonriendo como un niño.

—¡Excusas, excusas! ¡Copión copión que eres un copión! ¡Haces todo lo que yo hago! —le saca la lengua.

«¡Me encanta porque es como una niña en el cuerpo de una mujer!» piensa Carlos mientras la observa sonriente.

—¡Qué presumida! Para que lo sepas. Yo siempre hago el tonto. Reconozco que soy un poco bastante payaso desde siempre. En cambio tú me has sorprendido. —se sincera él con ella.

—¿Eso porqué? —desea saber si novia.

—Eres tan tímida a veces que jamás pensé que tuvieras ese sentido del humor. Me encanta esta Cassandra alocada y graciosa, porque es como yo. Me gustaría verla más a menudo.

—La verás, no te preocupes. sonríe ella.

—Eso espero. —la abraza y la besa el artista.

Las horas pasan volando.

Carlos ya lo tiene todo preparado para marcharse, se viste y coge su equipaje.

—Te acompaño al aeropuerto. —propone Cassandra.

—Prefiero que no. Para mi sería mucho más duro verte allí y tener que irme. Tomaremos un taxi. Te llevo a casa de Rocío. No tienes idea de cuánto te voy a extrañar. —se sincera estrechándola entre sus brazos.

—Y yo a ti, pero tenemos el teléfono. Cuando pueda me doy una escapadita para verte. —asegura ella.

—No sé si podrás ahora que Franklin está empezando a promocionarte no tendrás ni un solo minuto libre. Al principio es así. Cuando tu carrera está ya consolidada tienes épocas más tranquilas, pero cuando publicas disco nuevo todo es una locura. Vas a ser una gran estrella. —la abraza él.

—No será para tanto. —responde ella devolviendo el abrazo a su pareja.

—Cuando te digo que serás una gran estrella es porque eso me ha dicho Franklin. Y si lo dice es por algo. Sabe mucho de este negocio. Es hora de irse, se nos hace tarde. —responde él terminando de cerrar su equipaje.

Los dos artistas abandonan el hotel seguidos por las miradas de algunos curiosos. Llaman su atención tanto por lo guapos que son ambos, como por la bonita pareja que hacen.

Carlos y Cassandra toman un taxi en dirección a casa de Rocío donde el dejará a su novia.

—No se marche por favor. Le volveré a necesitar en unos minutos. —dice el artista cuando la bailarina y el descienden del coche.

El cantante acompaña a su chica hasta la puerta.

—No quisiera separarme de ti. —la susurra al oído mientras la abraza.

—Yo tampoco, pero tiene que ser así. Los dos sabíamos que tenía que pasar tarde o temprano. —responde ella.

—¡Es que hemos estado tan poco tiempo juntos..! Me ha costado mucho que me aceptes. —le guiña un ojo.

—Sí, bueno es que soy muy desconfiada. Además no entiendo aún como alguien como tú ha podido fijarse en mi. —se sincera ella.

—¡Epa! No hables así de ti. Entiendo que seas desconfiada por lo que te pasó con aquel antiguo novio tuyo, pero no todos somos iguales. —dice él. —Y respecto a lo otro. Yo soy un enamorado de la belleza, y tú la posees en todas las formas posibles. —sonríe el cantante. —Ahora tengo que irme. Dame un beso.

La pareja se besa dulcemente, mientas sus cuerpos se pegan más uno contra el otro. No quieren separarse. Sin embargo eso tarde o temprano sucederá.

—Qué duro va a ser estar sin ti. —vuelve a susurrarle él al oído, sin dejarla de abrazar.

—Te voy a extrañar tanto... —dice ella

—No más que yo a ti. No quisiera dejarte pero he de hacerlo. —se lamenta Baute.—Adiós princesa. Te quiero. —dice el venezolano tomando la cara de Cassandra entre sus manos y besándola.

—Y yo a ti. —dice ella.

Mientras Carlos se va alejando, ambos siguen tomados de las manos.

Él sube al taxi. Ella le despide levantando la mano. Él gira la cabeza y continúa mirándola, mientras el taxi se aleja cada vez más de la mujer que adora. Cuando el coche ya se ha alejado, la bailarina entra en casa de Rocío, que aún no ha llegado, y derrama unas lágrimas y se dirige a la ducha.

Mientras el agua que sale del grifo resbala por su cuerpo, recuerda su historia de amor con Carlos. La primera vez que se vieron, lo sucedido en el avión, los bailes que compartieron juntos, el primer beso.

Y la primera vez que hicieron el amor.

Ella tenía un malo y doloroso recuerdo de aquella primera vez física, que no emocional.

Carlos borró todo eso, todos los recuerdos negativos que tenía respecto al sexo entre dos personas. La hizo sentir como puede ser eso entre dos personas que se aman y se desean.

Lo otro no fue sexo, ella no quería. Pero aquel tipo asqueroso la tomó sin pedir permiso. Invadió su cuerpo y quebró su alma.

Ahora que Carlos se ha marchado de su lado, extrañará su voz de típico acento venezolano. Sus besos, sus caricias. Incluso sus miradas picantes y llenas de intención que le dicen de manera muy clara lo que está pensando en ese momento. Esas miradas sugerentes que la ponen nerviosa y la hacen sonrojarse. Después de todo, ella no tiene mucha experiencia con el sexo.

Desde la violación que sufrió a manos de ese...ese degenerado, su vida sexual era nula. Aquello la traumatizó de tal modo que durante años huyó de los hombres y de cualquier tipo de intimidad con ellos.

Incluso con Carlos le ocurrió.

Le evitó muchas veces, hasta que un día alguien la hizo recapacitar. Debía dar una oportunidad a Carlos y dársela a si misma para por fin ser feliz. Lo amaba y lo deseaba, aunque se lo negaba a si misma.

Hasta que un día pasó lo que tenía que pasó.

Al principio estaba muy nerviosa. Ansiaba que Carlos la tocara y llegar más allá con él, pero el miedo la paralizaba. Sin embargo, él logró, con sus besos y dulces caricias, que se relajara y se dejara llevar.

Cuando Carlos llega al aeropuerto, Franklin ya espera por él.

—Apúrate. Tienes el tiempo justo para embarcar el equipaje y subir al avión. —le dice su representante. —¿Qué tal fue vuestra despedida?

—Dura. Todavía no me he ido y ya la extraño. —se sincera él con melancolía.

—Ya imagino. Ahora preocúpate solo por tu trabajo. Nunca se sabe. La vida da muchas vueltas y quizás os volváis a ver antes de lo que creéis. —le dice Franklin muy misterioso

Ambos se apresuran.

Logran embarcar las maletas justo en el último momento y luego aligeran el paso para subir a bordo.

En casa de su amiga, Cassandra le cuenta a Rocío, que acaba de llegar, los detalles de las últimas horas vividas en compañía de Carlos.

—¡Vaya! Qué alegría. Así que por fin caíste. —sonríe Rocío feliz. —¿Cómo fue todo? —arde en deseos de saber.

—Muy bonito, especial y romántico. Carlos me trató tan bien, me hizo tan feliz...—recuerda Cassandra con una sonrisa en su cara. —Jamás pensé que estar con un hombre pudiera ser así.

—Él te ama. Es lo que he tratado de hacerte entender hace tiempo. Lo que a ti te ocurrió años atrás fue una vejación, un delito. Eso nada tiene que ver con hacer el amor con la persona amada. Me imagino que Carlos fue muy amoroso y delicado contigo. —le explica Rocío a su amiga.

—Sí, mucho y eso hace que lo quiera más. También nos hemos reído mucho porque es tan payaso como yo. —se sincera la danzarina sin dejar de sonreír.

—Supongo que le habrá sorprendido esa parte de ti, con lo tímida que puedes llegar a ser. —se ríe Rocío.

—Le echo tanto de menos...—se lamenta Cassandra melancólica.

—Lo sé, pero quizás os volváis antes de lo previsto. —dice ella encogiéndose de hombros. —Tenéis algo llamado teléfono que os puede mantener en contacto cuando queráis. Ahora tienes que centrarte en tu carrera que empieza a despegar. Ya no habrá quien te pare. —le asegura Rocío a Cassandra.

—Mi meta es subir poco a poco. No quiero triunfar de golpe y luego quedar en el olvido como les ha pasado a muchos otros cantantes.

—Eso dependerá de como lleves tu carrera. Mira amiga, te has preparado durante años y no creo que eso te pueda suceder. Te harás famosa y conocida a partir de ahora, pero llevas toda una vida en ese mundo. Tienes talento y muchas tablas. Si Franklin ha decidido que desea llevar tu carrera, es porque cree que será muy fructífera, plagada de éxitos y larga.

—Sí y todo gracias a Carlos. ¿Quién me iba a decir a mi que sería una persona tan importante en mi vida? —se sincera la chica de ojos claros.

—Tú también lo eres en la suya. Es el destino que hace con nosotros lo que no esperamos. Tanto el tuyo como el de Carlos estaban empeñados en cruzarse y unirse para siempre.

Ya en el avión, es Carlos en esta ocasión quien recuerda todo lo que ha vivido con la. monitora de salsa. Desde que la conoció, la primera vez que la besó y la primera vez que tuvieron intimidad fisica.

Fue algo tan especial...

Carlos sonríe al recordar las gamberradas que hicieron en la habitación del hotel.

Esa mujer siempre le pareció una persona tímida, quizás en exceso, pues se sonrojaba cada vez que él la miraba.

Sin embargo le sorprendió de manera positiva descubrir que está como una cabra, al igual que él. A los dos les encanta dejarse llevar y hacer el tonto para reírse un rato.

«Esa linda novia mía está como una cabra» piensa Carlos sonriendo. » Y lo está más que yo, que ya es complicado»

Una mujer reconoce al cantante y le muestra una sonrisa. Carlos se la devuelve y vuelve a lo que estaba haciendo.

En Hawai, Michael, el viudo de Kekoa, se cruza con Rosalinda por primera vez cuando ella sale del cementerio acompañada por J.D. La mira con tanta insistencia que ella se siente incómoda J.D. le mira con cara de pocos amigos

Siente...¿celos?

Michael se ha quedado impresionado al ver a la amiga de su esposa. Es tan o más bella que Kekoa

«¿Quién será esa mujer tan hermosa?» piensa después de cruzarse con ella.

Rosalinda se aleja del cementerio con su compañero con la mirada de Michael clavada en ella.

—¿Qué te sucede, Rosalinda? Estás muy extraña.

—¿Quién es él? —pregunta ella pensativa.

—¿A quién te refieres? —responde J.D. mientras ambos atraviesan la puerta de salida del camposanto.

—A aquel que llegaba a la tumba de Kekoa cuando nosotros nos íbamos.

—El marido de Kekoa, ¿por qué? —le explica el socorrista.

—No sé. Hay algo en él...No puedo explicártelo. No me gusta ese tipo. Se me erizó la piel en cuanto le ví. —se sincera ella con el semblante muy serio.

—A mi tampoco me gusta. —se sincera J.D. por primera vez con alguien desde la muerte de Kekoa. —Aunque algunos puedan pensar que son celos porque Kekoa me dejó por él, no es así. Es un tipo arrogante, snob y agresivo. —le dice J.D.

—¿Agresivo? —se sorprende Rosalinda.

—Cuando Kekoa y yo estábamos juntos, la amenazó con lastimarnos a mí y al señor Tanaka, si no ella no accedía a salir con él. Kekoa se negó a ceder a su amenaza, creía que sólo era palabrería. Poco después su padre y yo fuimos víctima de un atentado que a punto estuvo de costarnos la vida. —le explica J.D. recordando el momento en el que ambos recibieron una carta del otro citándolo para hablar.

—¿Y por qué no lo denunciasteis a la policía por todo eso? —pregunta ella alarmada.

—Porque no teníamos, ni tenemos pruebas que demuestren que intentó matarnos. Además lo de las amenazas a su padre y a mi, lo descubrí tras la muerte de Kekoa. —se sincera él. —Cuando logró casarse con ella, se calmó.

Después de recibir semejante información, Rosalinda trata de procesar en su cerebro todo lo que acaba de escuchar sobre el viudo de su amiga.

—¡Ese hombre es una basura! —exclama Rosalinda furiosa. —¿Y si fue él..? —comienza a sospechar la joven.

J.D. la mira sin comprender.


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