CAPÍTULO 1: EL PRIMER ENCUENTRO
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—¿Tienes mala cara Cassandra ¿te encuentras bien? —pregunta el monitor de salsa a su compañera de baile en una discoteca del centro de la ciudad de Madrid.
—Sí, no te preocupes. Es que hoy apenas he tenido tiempo de comer. —responde una hermosa mujer de cabello negro, piel blanca y ojos grises.
En el camerino del local, un sitio no excesivamente grande pero bien iluminado, la joven se arregla el cabello.
—Eso lo soluciono yo ahora mismo. Te invito a cenar. —propone el cubano, un joven negro, atractivo y musculoso con trenzas peinadas hacia atrás, observándola sonriente.
—Ahora no podemos actuamos dentro de diez minutos y he de maquillarme. —dice ella comenzando a pintarse los ojos.
—Vas a necesitar mucho maquillaje para camuflar esa mala cara y aún así dudo que lo logres. Han retrasado nuestra sesión de modo que tenemos tiempo de sobra. No quiero que te desmayes cuando estemos bailando por no comer bien. —le dice él.
Resignada Cassandra se va con él pues sabe que cuando su compañero se empeña en algo no para hasta conseguirlo. Además sabe que tiene razón en lo que le ha dicho.
A unos metros de Cassandra en la misma discoteca, Virginia, joven hermosa, alta, espigada, de cabellera rizada rubia y ojos marrones, que es la mejor amiga de la muchacha, abraza a su novio Pedro, un tipo musculoso de cabellera rubia también rizada, cuando una vieja amiga se acerca.
—¡Vaya dichosos los ojos! —exclama Sandra una vieja amiga de Virginia, de belleza felina, cabello castaño ojos verdes y curvas de infarto.
—Ni falta que te hace ¿qué quieres Sandra? —responde molesta la amiga de la bailarina de salsa, abrazando de nuevo a Pedro, que a su vez la besa en la frente.
—¡Eh tranquila! Solo quiero hablar como lo hacen las viejas amigas. —dice Sandra, con cierto tono burlón y mirándola de arriba abajo con aire de superioridad.
—Tú y yo hace tiempo que no somos amigas, afortunadamente. Y no entiendo como alguna vez te di mi amistad porque demostraste no merecerla. —le reprocha la maestra.
—Ya veo que esa amiga tuya...Cassandra, sigue envenenando tu cabeza en mi contra para que me odies al igual que inventó esa mentira que nos separó. —dice Sandra con una mueca de asco en su semblante. —Tenemos que hablar.
—No tenenos nada de que hablar. No seas descarada e hipócrita. Tú inventaste que ella y Miguel eran amantes, aunque eras tú la que estaba enredada con mi novio. Cassandra, no me dijo nada de lo vuestro. Yo misma os descubrí. Ahora ¡Lárgate, no te quiero ver! Ah y dile a tu "novio" Miguel, que no se esconda, pues le ví hace rato. —responde enfadada Virginia, dirigiendo su mirada hacia su ex novio.
—Como quieras. Pero conste que yo ya me rebajé a hablar contigo. —dice Sandra con actitud muy altanera antes de marcharse.
Virginia le lanza a su amiga una mirada cargada de odio.
—Es esa la chica con la que te engañó tu anterior novio ¿no? Será muy bella, pero es una mala persona. Él salió perdiendo al cambiarte por ella. Menos mal que ambos ya están fuera de tu vida. Para mi tú eres la mujer más hermosa del mundo y jamás se me pasaría por la cabeza engañarte. Esa chica te hizo un gran favor al librarte de alguien como él. —le dice Pedro, besando nuevamente la cabeza de Virginia con amor
—Lo sé cariño, y aunque lo pase muy mal con el apoyo de mi familia y de Cassandra salí adelante. Ella sí que es una amiga de verdad.
—Por algo también es amiga mía. —dice besándola en los labios.
En el restaurante se encuentran Cassandra y Rafael. Un lugar grande bien iluminado y de aspecto acogedor, decorado como un local típicamente americano de los años cincuenta. Ambos conversan mientras esperan por la cena.
—Bueno y ahora cuéntame algo de tu vida. Llevamos trabajando juntos un año y no sé nada de ti, ni de tu vida. —desea saber la amiga de Virginia. —bebiendo un poco de agua.
—Llegué hace cinco años a España con mi esposa que era española. Nos conocimos en Cuba y nos enamoramos aunque traté de evitarlo.
Pero no pude lo que sentía era más fuerte que yo mismo. —se sincera él, bebiendo un poco de agua también.
—Y ¿qué pasó? ¿Os casasteis por fin? —le pregunta Cassandra, mientras toma un poco de pan.
—Sí, en Cuba. Yo a pesar de lo que piensen algunos compatriotas tuyos, no me casé por salir de Cuba, aunque perfectamente pude haberlo hecho. Pero ella insistió en que aquí nos iría mejor. Poco despúes de llegar acá, todo cambió. Me di cuenta de que se había casado conmigo para escapar de sus padres, muy chapados a la antigua que pensaban que una mujer solo debía abandonar la casa de sus padres cuando se casaba. Aguanté la situación durante un año porque la amaba y deseaba que todo fuera bien, en vano. —responde él melancólico.
—¿Te divorciaste por eso? —le pregunta Cassandra, mientras se coloca una servilleta sobre el regazo.
—Influyó en parte. Pero lo peor fue confirmar algo que sospechaba hace tiempo. Un día la sorprendí con su amante y el sueño se derrumbó para siempre. Menos mal que no tuvimos hijos. Entonces sí que habría sido más doloroso. —se sincera el cubano mientras el camarero le sirve su cena, un bistec con papas.
—¿Has vuelto a estar con alguien desde entonces? —interroga la monitora de salsa, empezando a comer.
Ambos ha pedido lo mismo, bistec con papas. Quizá una cena algo fuerte para algunas personas, pero Cassandra lleva todo el día sin comer pues ha estado muy atareada, además en cuanto comiencen a bailar lo quemarán. Y es que a pesar de lo que pueda parecer a simple vista, la chica es una persona de buen comer. Sin embargo, al ser una persona tan deportista que se mantiene todo el día en movimiento no engorda.
—La verdad no. No he querido. Hace años cuando era mucho más joven, quizás habría buscado un desahogo. Pero ahora eso ya no me interesa. Busco algo profundo y estable que es difícil de conseguir trabajando en una discoteca. Sin embargo, sí hay gente en la noche que merece la pena.
El cubano la mira fijamente,
Cassandra no sabe como evitar que su compañero la siga mirando de esa forma.
—Te toca. —dice él.
—Bueno mi vida no es tan interesante como la tuya. Además de trabajar contigo en la discoteca trabajo en un hotel dando clases de salsa, como esteticiene y estudio Artes Escénicas.
Ya sabes canto, baile interpretación etc. —se sincera ella en esta ocasión. —cortando un trozo de filete con el cuchillo.
—¡Vaya, así que una futura artista! Y yo que pensaba que eras modelo. Eres tan bella que seguro que más de una vez te lo habrán propuesto. —dice Rafael, mirándola aún con más fijeza.
—No me digas esas cosas. —dice sonrojándose y llevándose el tenedor a la boca.
—¡Qué rica, tienes los cachetes rojos! ¿Eres vergonzosa? Deberías estar acostumbrada a los piropos de los hombres. —le asegura él introduciéndose un par de papas en la boca.
Una hora después el disckjockey anuncia la actuación de la pareja. Ambos se preparan para bailar. Él con un traje entallado en color negro, corbata rosa y pespuntes en la solapa de la chaqueta en tono rosa. Y ella con un vestido rosa corto, escote pronunciado que tapa su pecho, pero que deja al aire sus impresionantes abdominales, zapatos claros de tacón y peinada con una coleta alta. Ambos comienzan a bailar una sensual salsa, mientras los clientes del local, forman un círculo a su alrededor para verlos bailar. Al acabar el baile todo el mundo los aplaude.
—Ahora sí. Nuestros monitores están preparados para enseñarnos como se baila una salsa. Tras su actuación, si queréis que os den una clase solo tenéis que acercaros y pedírselo. —dice el joven preparando la canción que bailarán.
—Yo bailaría con ella, pero en otro sitio...—dice uno de los clientes del local, un chico alto, moreno, delgado y con cara de pocos amigos.
El hombre mira a Cassandra con ojos libidinosos, mientras se acerca a ella para pedirle que le dé una clase.
A medida que la pareja baila la amiga de Virginia se da cuenta que su pareja de baile se está propasando pues se le están yendo las manos donde no deberían. El hombre la pega tanto a su cuerpo que ella se siente incómoda y cuando la canción finaliza la monitora huye hacia una de las barras de la discoteca.
—¡Mmmmmm qué morbo me da esa mujer! Me acostaría con ella ahora mismo. Espérame aquí. —le dice quien ha bailado con la monitora a su amigo.
Su amigo, que le conoce muy bien le dice.
—Quédate aquí. —le aconseja su amigo. —No la molestes más.
—¿Quién dijo que la voy a molestar? Solo voy a pedirle un baile. —responde el irrespetuoso individuo.
—En tu caso y conociéndote es la misma cosa. —se sincera su colega.
Pero su amigo le ignora como hace siempre que alguien intenta darle un consejo.
En la barra, la bailarina bebe un poco de agua. El chico se acerca hasta allí pero ella le ignora. Desea que se dé cuenta que su presencia no es bienvenida allí que está pasado de tragos.
Su compañera la camarera, que sabe lo agobiada que su amiga se siente la aconseja que le diga algo.
—Pero ¡Qué tío más pesado! Dile algo, no sé como le aguantas. —dice la camarera una chica morena de grandes ojos oscuros a Cassandra mirando al muchacho con cara de pocos amigos.
—Es un cliente que está algo bebido nada más. Ser amable con los clientes, también es parte de mi trabajo.
—En eso estamos de acuerdo, pero una cosa es ser amable con ellos y otra muy distinta soportar impresentables. —le recuerda su compañera.
—Dejemoslo así, no quiero que por mi culpa se forme un escándalo.
Rafael que lo está viendo todo avisa a seguridad y el honbre, tras observar al joven intentar besar y abrazar a Cassandra, a la fuerza va a por él.
—Vamos fuera amigo! Necesitas que te dé el aire. —dice el portero al hombre.
—¡Suéltame idiota! Solo estamos charlando, ¿Verdad preciosa? —dice apartándole de un manotazo y tratando de besar de nuevo a la monitora de salsa.
El vigilante le retuerce ligeramente el brazo y lo saca fuera mientras el chico se queja.
—¡Suéltame animal, me haces daño!
—¿Estás bien Cassandra? —le dice su compañero.
—Sí, no te preocupes.
Minutos después, el amigo del hombre se acerca a la barra a hablar con la bailarina.
—Te pido perdón en nombre de mi amigo. Es que cuando bebe no sabe lo que hace. No es la primera vez que le pasa. —se disculpa el amigo del individuo.
—No tienes porque disculparte conmigo, porque tú no has hecho nada. —le tranquiliza la bailarina.
—Pareces un encanto de chico. No me entra en la cabeza como puedes ser amigo suyo. Sois tan distintos...—le dice la camarera al joven.
—Supongo que es la costumbre somos amigos desde niños.
Preocupado el monitor de baile se acerca a su compañera.
—¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Solo era un borracho. Gracias. —le sonríe Cassandra.
—Además de un...¿Como le dicen acá? ¡Ah sí, baboso! Vi que se estaba pasando demasiado y tuve que llama a seguridad.
—Hiciste muy bien. Si me lo hace a mí le doy una patada en...Bueno ahí y se acuerda de mí para siempre. Lo que pasa es que esta muchacha es demasiado educada y se porta demasiado bien. Tiene demasiada paciencia. —se dirige a Cassandra, la chica que sirve las copas en el local. —A veces no queda demasiado remedio que ser un poquito desagradables aunque no nos guste, con cierta gente y ciertas actitudes. —dice la muchacha mirando a la bailarina, mientras sirve una copa a un cliente.
—Hola preciosa, ya veo que sigues tan guapa como siempre. Luego te quiero ver en primera fila porque hoy... —dice Christopher el streapper de la discoteca que acaba de llegar guiñándole un ojo.
—¿Por qué? ¿Hoy qué? Sigue —desea saber ella.
—Nada, cosas mías. —dice mirándola con picardía.
Él le besa la mejilla y se va.
—¡Qué mal disimula este chico! ¯dice Virginia en tono simpático.
—Es transparente como el agua. Por cierto ¿No tendrás un cubo por ahí ¿verdad Marta? —le pregunta a la camarera.
—Sí pero me parece que con un cubo no será suficiente Menudo charco de babas que ha dejado. —responde ella mirando a Virginia.
—Ya te digo, casi me escurro. —dice la profesora simulando escurrirse y provocando la hilaridad de todo el mundo.
—¿Se puede saber de qué estáis hablando, par de cabras? —pregunta Cassandra, riendo.
—¡Qué ingenua eres amiga? ¿No te has dado cuenta de que ese chico te coqueteaba descaradamente? —le explica Virginia a la bailarina.
Pero Cassandra, no es tan inocente como su amiga piensa y hace tiempo que se ha dado cuenta de lo él siente por ella, aunque no entiende que ha podido ver en ella un chico tan guapo y musculoso que puede tener todas las mujeres que quiera y cuando quiera. Mujeres espectaculares, que parecen todas clones de Pamela Anderson, rubias de enormes pechos andan tras él
Y ella no es precisamente, ese tipo de mujer que le persiguen. Le faltan centímetros de más y una larga cabellera rubia. Cassandra, tiene el cabello negro azabache. Se considera una chica de lo más normal del montón en realidad.
El streapper no piensa lo mismo. Siempre le ha encantado la belleza de la monitora de salsa. Es muy natural con bellos y alegres ojos azules grisáceos, cabellera negra. Además de un hermoso y curvilíneo cuerpo y unos labios tan carnosos y sensuales realmente tentadores. Apenas se maquilla, pues tampoco lo necesita y se nota que es una mujer que se preocupa por cultivar también su mente. Para él la amiga de Virginia, es la mujer perfecta y hará lo imposible por conquistarla. Es dulce, bella e inteligente. Y desprende un deseo sexual increíble sin proponérselo.
«Estoy seguro de que es una mujer muy apasionada, aunque parezca frágil en apariencia» piensa Christopher, el streapper mientras espera que él diskjockey anuncie su actuación.
—¡Ahora sí,chicas!¡Con vosotras, Drácula. ¿A quién le clavará...sus colmillos? —dice el chico con picardía.
Christopher inicia su actuación y poco a poco, se va despojando de la ropa con mucha sensualidad. El chico baja del escenario y se dirige a Cassandra. Ella trata que él escoja a otra mujer, pero el chico la toma en brazos subiéndola con él al escenario.
—¡Anda picarón, que eliges mal! ¿Qué pasa? ¿querías unas clase privadas de salsa? —dice el diskjockey. —No sabes tú nada, que buen gusto tienes. Bueno, Cassandra toca toca, que pocas veces se tiene una oportunidad así.
Cuando Christopher se queda solo con un minúsculo tanga, toma la mano de la bailarina para que le acaricie por lugares un tanto comprometidos de su anatomía.
—Te voy a matar por hacerme esto. —dice ella, algo avergonzada.
—Te avisé que un día te subiría. —dice él con sonrisa picarona.
Después de ayudar a Cassandra a bajar del escenario y pedir un aplauso para ella, el chico finaliza su actuación.
A la mañana siguiente, no muy lejos de allí, en la soledad de la habitación de su hotel el cantante Carlos Baute, compone una canción sobre una imaginaria chica tan dulce bella sensual y apasionada que todo aquel hombre que la conoce pierde la cabeza por ella.
En la cafetería del hotel, Cassandra se encuentra con Virginia.
—Siento el retraso. —se disculpa la profesora de salsa, con su amiga sentándose.
—No te preocupes, acabo de llegar. —responde su amiga Virginia dándole dos besos.
—Es que llegó una clienta a última hora y tuve que atenderla. Ya sabes que últimamente estamos saturadisímos de trabajo. —se sincera Cassandra.
—Sobre todo tú que cada día tienes más clientas. Dime algo ¿Cuánto tiempo hace que no sales a divertirte? —le pregunta la profesora.
—Pues...no sé, no recuerdo. Hace mucho tiempo, supongo. Entre el trabajo y las clases no me queda tiempo para más.
—Frena un poco, tienes demasiado estrés encima y eso te puede hacer daño. Creo que deberías irte de viaje, cambiar de aires y descansar. —aconseja su amiga a Cassandra.
—¿Irme ahora con el trabajo que hay? Imposible. Además estamos a punto de estrenar la obra. —se excusa ella.
—Como quieras pero no inventes disculpas. En la peluquería y en la discoteca te pueden sustituir por unos días. Tus jefes te han dicho más de una vez que te tomes unas vacaciones pues desde que empezaste a trabajar allí, aún no las has disfrutado. Y respecto a la obra, estrenáis en una semana y luego te podrías ir donde quisieras.
Mientras las dos amigas hablan, Carlos llega a la cafetería. En la barra pide un zumo mientras dos adolescentes se le acercan.
—Perdona, ¿nos podrías firmar unos autógrafos? —le piden
—Claro ahora mismo. —dice el cantante, firmando sin quitarle los ojos de encima a Cassandra a la que acaba de ver.
—Muchas gracias, Carlos. ¿Te importaría si mi amiga y yo hablamos un ratito contigo? —dice la otra chica.
—No, para nada. Venga os invito a tomar algo. —dice el venezolano.
Las dos chicas se miran emocionadas, sin poderse creer la suerte que tienen.
Ajenas a todo, Cassandra y Virginia, siguen su conversación.
—Cambiando de tema, Cass. El otro día soñé contigo y... ¡Oh Dios me vas a matar! Mejor dejèmoslo aquí no quiero morir tan joven. —dice la chica medio en serio medio en broma.
—Ahora que has empezado, continua termina lo que ibas a decir. Ya veré yo luego si te mato o no. ¡Ja ja ja! Es broma A ver cuéntame. —le pide Cassandra.
—Vale, pero no te enfades ¿ok? El otro día te eché las cartas.
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