CAPÍTULO 2: EL PRIMER CRUCE DE MIRADAS
—Perdona ya sé que no te gustan esas cosas, pero es que tuve el mismo sueño sobre ti varias veces y te eché las cartas por mi cuenta. Como quería una segunda opinión se la pedí a una amiga de mi madre que es vidente. Ella te las echó y volvió a salir lo mismo que a mi me salió. Es tan real como que estamos las dos aquí sentadas.
—Entiendo ¿Y se puede saber qué soñaste?
—Que conocías a un hombre y os enamorabais locamente. —le confiesa a la ella.
—Tranquila, que no se hará realidad. Mira ya sé que deseas que me enamore de nuevo. La cuestión es que ni quiero, ni ocurrirá y tú sabes porque. —dice Cassandra con tristeza.
—Te juro que no es eso, aunque no te negaré que me encantaría que amaras otra vez. Mereces ser feliz por fin en el amor y ojala mi sueño se cumpla. No puedes planear o intentar no enamorarte, porque eso es algo que no se puede controlar. En fin como lo soñé varias veces y lo vi en las cartas, la amiga de mi madre me dijo era un sueño premonitorio y tarde o temprano se cumpliría. Ese amor os cambiará la vida y nunca volveréis a ser los mismos despúes de conoceros. También me aseguró que al fin empezarás a recoger los frutos de lo que has sembrado durante años.
Mientras conversa con sus fans, Carlos, sigue sin dejar de mirar a Cassandra.
—Bueno tesoro, tengo que irme. Entro a trabajar en media hora. —dice la monitora de salsa a su amiga.
—Adiós cielo, piensa en lo que te dije. —le recuerda Virginia a Cassandra.
—Lo haré. Te lo prometo. —responde ella levantándose.
Ambas se despiden con dos besos en las mejillas.
Cassandra se acerca a la barra a pagar su consumición y la de Virginia.
—¿Qué te debo, Jesús? —dice la bailarina
—Nada, no te preocupes.
Yo os invito guapa. —le dice el camarero, un hombre delgaducho y de cabello castaño, sonrièndola.
—Gracias corazón. Te debo una. —dice la chica guiñándole un ojo y devolviéndole la sonrisa.
La monitora se va y en ese momento su mirada se cruza con la de Carlos.
En ese instante, ambos callan unos segundos, mientras se miran y sus destinos quedan sellados para siempre.
—Adiós preciosa. —le dice el camarero. —¡Guau! ¡Qué mujer tan bonita y dulce! Es la mujer más bella que he visto en mi vida. —se sincera el barman, mientras la observa alejarse
—Estoy absolutamente de acuerdo contigo. —responde Carlos fascinado, imitando su actitud.
En Venezuela, Norma una famosa actriz, de cabello rubio a la altura de los hombros y cuerpo espectacular y su esposo, también actor, de cuarenta y cinco años, moreno y corpulento, ven una escena de amor entre los dos protagonistas de la última telenovela de ella. Él no parece muy contento con lo que ve y aprieta los nudillos de las manos con fuerza.
De repente se levanta del sillón como movido por un resorte y la insulta.
—¡Eres una cualquiera! —dice pegándola una bofetada.
—¡No vuelvas a tocarme cerdo! ¿Se puede saber de qué estas hablando ¿qué demonios te pasa?¿Por qué te pones así. —dice furiosa por el insulto de su marido, llevándose una mano a la cara donde su esposo la pegó.
—Lo sabes perfectamente ¿Te acostaste ya con él? —la ofende.
—¿Pero de qué estás hablando? —dice ella sin entender ni una sola palabra.
—¡No te hagas la tonta. Cualquiera que vea esta escena se dará cuenta de que entre tú y él ha habido más que palabras! —la acusa el actor.
—¡No te voy a tolerar que me insultes más. Solo es una escena nada más. ¡Deberías entenderlo porque tú también eres actor! —responde ella levantándose.
—¡No te compares conmigo! Yo soy un profesional y nadie ha pensado jamás de mi que quiero seducir a mi compañera de trabajo. —responde él mostrando una actitud prepotente.
—¡No voy a discutir más contigo. Me voy a dormir! —dice ella encaminándose a una de las habitaciones.
—¡Ven aquí, a mi nadie me deja con la palabra en la boca! —dice agrediéndola de nuevo.
La fuerza del golpe es tal que Norma cae al suelo por segunda vez.
Despúes del segundo golpe, Norma ya no puede reaccionar, siente que algo se ha roto en su interior y que su matrimonio se ha acabado. Llevaban una racha en crisis pero esa ha sido la gota que ha colmado el vaso.
Norma se levanta como puede aún atontada y sube a la habitación de invitados se encierra con llave y allí rompe a llorar.
Cinco minutos más tarde, Miguel llama a la puerta.
—Venga cariño, perdóname. Es que has conseguido sacar lo peor de mi. Mañana hablamos, que descanses.
Lejos de allá, una ambiciosa mujer y un misterioso hombre piensan en la manera de aprovecharse de la fama de otro famoso actor. Ella quiere sacarle dinero y él arruinar su carrera.
Cuando Norma, guarda su ropa y sus pertenencias en un par de maletas, la actriz, abandona la casa que durante su matrimonio ha compartido con Miguel. Vaga por las calles desesperada, sola y sin saber que hacer.
Tras mucho caminar, finalmente se presenta en casa de su mejor amiga, la esposa de Julio, el actor con quien protagonizaba la escena por la cual Miguel la insultó y pegó. Cuando su amiga abre la puerta palidece al ver la cara de Norma.
—¡Dios santo! ¿Qué te paso? —exclama asustada al ver la cara amoratada de la actriz.
Norma se echa a llorar en sus brazos. Ya en el interior de la vivienda, la mujer la cuenta a su amiga, una hermosa mujer pelirroja de cabello largo, lo que le ha pasado. Julio, un hombre corpulento y atractivo de cabello rubio y cuarenta años, extrañado por la tardanza de su esposa en regresar a la habitación, decide bajar a buscarla.
—¿Pero dónde se habrá metido esta mujer? Hace más de diez minutos que bajó a por un vaso de agua.
Cuando la encuentra con la actriz llorando, su esposa le confiesa todo lo que ha sucedido.
—¡Desgraciado, malnacido! Sabes que nunca me gustó. —le dice el actor a la esposa de Miguel.
—Es que yo le amaba y aún le amo aunque parezca una locura. —se lamenta la intérprete.
—Te entiendo. No se puede dejar de amar de la noche a la mañana. Sucede poco a poco. —le dice su amiga, tratando de calmarla.
—Te juro que es mentira lo que dijo. —dice Norma disculpándose.
—Eso lo sé, no necesitas decírmelo. —contesta su amiga. Ahora tómate esta tila cariño, te hará bien. —dice su amiga acariciándole la cabeza con cariño.
—A ese tipo le voy a enseñar a tratar a una mujer. Le voy a dar de su propia medicina. —dice su amigo, furioso, que hasta entonces había permanecido en silencio.
—¡No por favor, te podrías buscar la ruina y destrozar tu carrera! ¡Eso jamas me lo perdonaría. —implora la actriz angustiada.
—¡Tranquila, tengo una buena carrera detrás, como para cualquier mindundi me la arruine! La gente no es tonta y se daría cuenta de la verdad tarde o temprano. Ese tipo es basura y como a tal hay que tratarlo. Te prometo que no iré a buscarlo. Pero si un día me lo encuentro por ahí, no te prometo que no le dé su merecido. Tú en ningún caso debes sentirte culpable de nada. —la sonríe.
En la celda de una prisión de máxima seguridad uno de los reclusos, un hombre con la cabeza rapada y grande, increpa a su compañero, un tipo de cabello castaño ligeramente ondulado y atlético.
—¡Quita esas fotos de ahí ahora mismo! ¡A partir de hoy no habrá más fotos que las mías! ¿entendido? —dice el reo con actitud desafiante. —Esa mujer no te ama ni te ha amado, jamás acéptalo de una vez por todas y deja de comportarte como un idiota. —le dice el individuo a su compañero de celda.
Pero al hombre se le quitan las ganas de seguir hablando cuando se da cuenta de como le mira su compañero. En esa mirada hay una infinita maldad; algo diabólico. Aunque ese hombre es menos corpulento que su compañero, tiene algo que intimida.
«Estar encerrado aquí con este loco me está convirtiendo en un paranoico» piensa el reo.
—¡Eh, no me mires así tío! ¿entendido? —dice asustado.
—¡Eh! ¿qué está pasando? —pregunta uno de los guardas, un tipo grande y con bastantes kilos de más, alertado por las voces del preso.
—Nada, no se preocupe. Estábamos jugando y mi compañero tiene muy mal perder. —contesta Santiago con una frialdad en la voz que estremece.
—¡Está bien, pero que no se vuelva a repetir! —contesta el funcionario visiblemente contrariado.
—No volverá a pasar se lo prometo,¿verdad colega? —dice dándole una palmadita en la espalda a su asustado compañero.
Aprovechando que solo le queda un día en España y ya cumplidos sus compromisos profesionales, Carlos queda con sus bailarines y sus músicos para ir a tomar algo.
Mientras caminan por las calles el venezolano es reconocido enseguida por un grupo de chicas que se dirigen hacia él a por autógrafos y besos. Sobre todo muchos besos. Él las atiende de manera encantadora y luego prosigue de nuevo el camino con sus compañeros.
Entre tanto a su club de fans siguen llegando cartas de gente que quiere ser socia. Es tal el numero de cartas que sus presidentas se sienten desbordadas.
—Como esto siga así, vamos a necesitar ayuda extra si queremos contestarlas lo más rápido posible. —dice Lola Toledo una de las cuatro presidentas del club una mujer alta morena y de curvas pronunciadas. —Ya he pensado en ello. Llevamos un día que ni tiempo de comer hemos tenido. —contesta Gema, una muchacha de piel blanca, cabello negro y complexión delgada, que es otra de las presidentas.
Mientras sostienen esta conversación y leen el montón de cartas que tienen sobre sus mesas, otra de las presidentas llega con un gran saco de cartas. Lola y su compañera se miran y acto seguido se desploman sobre sus mesas presas de la desesperación.
—Vamos chicas, marchaos a descansar lo necesitáis. —dice una de las chicas del club, una muchacha muy joven de cabello liso y tono rojizo.
—¿Qué dices? Aun quedan todas estas cartas por leer y contestar. —contesta Lola.
—De eso ya nos encargamos Laura y yo. Debe estar a punto de llegar porque la llamé ya hace rato. A partir de hoy haremos más turnos. No podéis cargaros con la mayoría del trabajo. —les explica la joven.
Carlos y sus compañeros ya sentados en una cafetería, conversan sobre la gira que están realizando, sobre sus vidas, ilusiones y proyectos. Una joven de negra cabellera rizada, ojos oscuros y vestido verde muy ceñido, muy corto y luciendo un generoso escote, se acerca a el cantante le entrega un papel con algo escrito y le susurra unas palabras al oído, consiguiendo que el venezolano se sienta incómodo.
Luego la mujer se aleja contoneando sus caderas esperando sin éxito que Carlos la siga con la mirada.
—¿Se puede saber que te ha dicho esa chica? Hasta te has sonrojado un poco y mira que eso es raro en ti. Cuenta cuenta. —le pide una de sus bailarinas, mientras saborea una limonada. Carlos evita contestar por caballerosidad, que la mujer despúes de darle su teléfono se le ha insinuado descaradamente.
—Ya me imagino yo que es lo que le dijo. —dice Laura una de sus bailarinas, mirando al cantante.
—Pues yo no, dime. —pide uno de los músicos, un muchacho delgado de cabello negro y coleta.
—Él es hombre, ella una mujer ¿Te hacemos un dibujito? —contesta Vannessa la otra bailarina, mirando a su compañera Laura.
—La verdad es que no ha sido precisamente discreta. —responde Laura.
Mientras sus compañeros hablan Carlos, sin saber porque piensa en Cassandra.
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