CAPÍTULO 25

 

—¿En qué estás pensando, Rosalinda? —pregunta el socorrista. —Espera un momento, ¿crees que pudo haber sido él quién..? Eso tiene ninguna lógica. Quería a Kekoa y al final la consiguió ¿Para qué matarla? Siempre me ha dado mala espina y no confíe nunca en él, pero de ahí a matarla...

—Ya sé que no parece lógico, pero a veces la gente no actúa de manera lógica y ese tipo...No confío en él. Siempre he tenido mucha intuición y sé cómo es alguien con solo ver su rostro. Ese hombre es una mala persona. Alguien frío y carente de escrúpulos, que ni se toca el corazón con nada ni con nadie. —asegura Rosalinda a J.D. muy segura de lo que dice.

—Si él la mató, tenemos que encontrar pruebas que lo acusen para que le encierren para siempre por lo que ha hecho. —responde J.D. molesto.

—Le juré a mi amiga sobre su tumba que descubriría la verdad y que si hay un responsable en su muerte le encontraría para hacerle pagar por ello. Juro que lo lograré aunque sea lo último que haga en la vida. —dice la venezolana al estadounidense a modo de promesa.

—Yo te ayudaré, si me lo permites. —se ofrece él.

—No tengo ningún problema con eso. Pero no me gustaría que salieras perjudicado en todo esto. Si su esposo la mató, podríamos tener problemas con él. Es un tipo peligroso. No quiero poner tu vida en riesgo. —se sincera ella.

—Me cuidaré, te lo prometo. Asumo cualquier riesgo que pueda correr al ayudarte. —le sonríe él.

En ese momento Rosalinda rompe a llorar.

—Me siento tan sola...Kekoa era mi única amiga, la única persona en el mundo con la que podía contar a pesar de la distancia. Mis padres...ellos...creo que nunca me han querido. —se lamenta la venezolana.

J.D. conmovido la abraza.

—No estás sola. Ahora me tienes a mi para lo que necesites y también a tus compañeros de trabajo. Hace poco que trabajas aquí pero me consta que enseguida te los ganaste a todos por tu especial forma de ser. Conmigo te costó más, porque a veces puedo ser un verdadero idiota. No te traté demasiado bien al principio y no te lo merecías. —vuelve a sincerarse J.D. con ella.

—Yo tampoco fuí muy agradable contigo, no te lo puse fácil. Pero por mi parte, eso ya está olvidado. —le confiesa ella en esta ocasión.

—Por la mía también. Entiendo porque Kekoa te quería tanto. Eres una mujer fantástica y maravillosa, además de bonita, demasiado bonita. —dice J.D. mirándola a los ojos. —Nunca olvidaré que gracias a ti me libré de ir a prisión por algo que no había hecho. Nunca podré pagarte por eso. —se sincera él agradecido.

—No me debes nada. Odio las injusticias y los abusos de algunas personas ricas. Aunque yo también fuí rica, jamás desprecié a la gente por pertenecer a otra clase social y por supuesto nunca intenté vengarme de alguien que no sucumbió a mis caprichos de niña rica.

—Porque eres una buena persona. —sonríe él.

Los dos socorristas se alejan cada vez más del cementerio, mientras Michael los observa sin perder detalle.

En Sevilla, Rocío le hace una confesión a su amiga Cassandra.

—Quiero decirte algo que acabo de saber pero todo en el mundo ignora y que me llena de dicha.

—Dime. —responde la bailarina.

—Voy a ser mamá. —dice la andaluza tocándose el vientre. —Vas a ser tía, porque eres como una hermana para mi.

—Tú también eres eso para mi. ¿En serio vas a ser madre? —dice Cassandra con un brillo de felicidad en los ojos. —Felicidades. —la abraza. —¿Tu niño lo sabe ya?

—Aún no y no sé como se lo tomará. —se sincera Rocío con ella, mientras sirve un poco de gazpacho para las dos.

—Se volverá loco de alegría. ¿Cuándo se lo dirás? —desea saber la novia de Carlos.

—Esta noche con una cena muy especial. —le cuenta Rocío sentándose junto a su amiga y bebiendo un poco de gazpacho.

Por la noche Rocío le comunica la buena nueva a su pareja y como su amiga aseguró el chico grita de felicidad y la besa.

Días después, Cassandra se traslada a Barcelona para ensayar la canción que cantará en el programa ella sola. Luego le tocará hacer lo mismo con la canción que cantará a dúo con su padrino musical. Aún no sabe quién la apadrinará y que canción tendrá que cantar con esa persona. La bailarina se lo pregunta a Franklin su mánager, pero este le asegura no saberlo, aunque ella no está muy segura de eso.

Lejos de allí, Carlos Baute, acaba de llegar a su nuevo destino, al lugar donde cantará en esta ocasión.

Entretanto, entre bambalinas, Franklin observa ensayar a su nueva representada.

«Ganes el concurso o no, te convertirás en la gran estrella que estás destinada a ser » piensa el representante de Carlos y Cassandra.

Los cámaras del programa no le quitan los ojos de encima a la morena. 

—Una mujer preciosa, ¿no te parece? —dice uno de ellos a otro.

—Sí y además con esa boca tan sensual y tentadora...Tiene una sensualidad innata ¿tendrá novio? —responde su compañero.

—Una mujer como esa seguro que tiene pareja. No creo que un hombre inteligente y con buen gusto la haya dejado escapar. —vuelve a hablar el primero de los camarógrafos.

Cuando la artista termina de ensayar, su mánager la aplaude.

—Buen trabajo, Cassandra, has estado fantástica. La canción que has cantado es preciosa, pero no la conozco, ¿De quién es? —desea saber su agente.

—Mía. Yo compuse letra y música. —le confiesa ella.

—Así que tú también compones tus propios temas ¡Qué bueno e interesante! Igual que Carlos. —comenta Franklin satisfecho con una sonrisa en los labios.

Al escuchar el nombre de su pareja, la cantante sonríe con nostalgia.

—Le extrañas mucho, ¿verdad? —dice el hombre. 

—Sí, mucho, pero el trabajo es el trabajo. —responde ella resignada.

—Él también te extraña. Estoy seguro que en cuanto podáis uno de los dos se dará una escapadita para ver al otro. He conocido a gente enamorada, pero como vosotros no, desde luego. Espero que vuestro amor pueda resistir lo que os espera. Os surgirán tentaciones a ambos de estar con otras personas.

—Yo respeto mucho a Carlos, así como mis sentimientos hacia él. Si no le amara lo suficiente no estaría con él. 
No voy a ser hipócrita y decirte que sólo me parece guapo él, porque te mentiría. En el mundo hay hombres guapísimos y me gusta ser amable con ellos, como con el resto de la humanidad. Pero no quiero que la gente se confunda. 

—Eso es muy bonito. Sé que él también te ama. Te avisaré cuando llegue el artista que te apadrinará y cantará contigo. En tu camerino encontrarás la canción que tenéis que cantar. —le explica su agente alejándose de allí.

Ya en su camerino, la joven recibe la llamada de su amiga Virginia, a la que hace días no ve.

—¿Cómo estás amiga? Desde la noche de la discoteca todas juntas en Sevilla, no te he vuelto a ver. ¿Qué tal con Carlos?

—Muy felices y enamorados, aunque no le veo desde hace días porque está trabajando fuera de España. —responde Cassandra. —Ahora estoy en televisión.

—¿En televisión? —se sorprende la maestra. —¿Y qué haces en televisión? 

—Voy a cantar en un programa. —le explica la monitora de salsa.

—Sí ya recuerdo. Rocío me comentó algo de eso la última vez que hablamos por teléfono. Es un programa concurso, ¿cierto?

—Sí y estoy asustada porque el resto de los concursantes son muy buenos. Pero tranquila, ya sabes que a veces soy muy terca cuando algo me interesa. —le asegura Cassandra.

—Me lo vas a decir a mi. También para lo que finges que no te interesa eres terca. Hasta que le diste una oportunidad al pobre de Carlos... —le recuerda su amiga.

—Entiéndeme tenía y aún tengo miedo. —se sincera la bailarina.

—¿Miedo de qué? —pregunta Virginia. 

—De que todo se estropee lo que estoy viviendo. Es demasiado bonito para ser verdad. —se sincera la bailarina.

—Pero eso no os va a pasar a Carlos y a ti. Os adoráis y lo vuestro solo podría estropearlo otras personas o circunstancias ajenas a vuestros sentimientos.

—Eso espero. Sé que Carlos me ama tanto como yo a él porque me lo ha demostrado. Sabes que soy una persona fuerte y aunque a veces me hunda y tenga días malos siempre salgo adelante. Ahora tengo que memorizar la canción que cantaré con el artista que me apadrinará en el concurso. 

—¿Y ya sabes quién es él o ella? —desea saber Virginia.

—Aún no. Le pregunté a Franklin si conocía la identidad de la persona que va a cantar conmigo, y me dijo que no lo sabía, aunque yo creo que sí lo sabe. —se sincera la bailarina con su amiga.

No muy lejos de allí, la persona que cantará con ella, llega hasta el lugar donde se realizará el programa y ve la canción que la monitora de salsa ha ensayado minutos antes.

—Hola, ¿qué tal? Eres tú quien va a apadrinar a Cassandra Torres, ¿no?

—Sí así es. —responde la persona que cantará con ella.


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