CAPÍTULO 27
Lejos de allí, minutos después el regidor avisa a todos los participantes del concurso para que se cambien de ropa ya que dentro de un rato comenzará la grabación del programa.
Carlos se pone unos pantalones negros de vestir con camiseta blanca, zapatillas del mismo color y americana.
Mientras se dirige a la sala de maquillaje y peluquería, las mujeres le siguen con la mirada.
Él las sonríe.
—¡Qué hombre tan guapo! ¡Y que sonrisa tan bonita! ¿No te parece? —le comenta una azafata del programa de cabello negro recogido en un moño informal a otra azafata.
—Sí, es como para derretirse. —responde su compañera de cabello rubio y lacio.
En Hawai, Rosalinda come con J.D. en un restaurante y por primera vez deciden sincerarse el uno con el otro hablando de sus respectivas vidas.
—Siempre quise ser socorrista. Un día siendo niño fui a la playa con mi familia y presencié como gracias a un socorrista, varias personas se salvaron de morir ahogadas. Aquello me impresionó tanto, que desde ese instante quise ser vigilante. Al principio mis padres trataron de convencerme para que me dedicara a otra cosa diciéndome que era un trabajo mal pagado en el que nunca podría superarme. Un día fueron a Baywatch y me vieron realizar un rescate. A partir de ese momento se dieron cuenta de lo importante que era mi trabajo para la gente aunque nunca me haga rico con él. Me apoyan desde ese día. —se sincera él bebiendo un poco de zumo.
—¡Qué envidia me das! Mis padres siguen sin aceptar mi trabajo y creo que jamás lo harán. Para ellos este no es un trabajo decente, ni en condiciones. No admiten que habiendo sido una persona rica y con estudios superiores, esté trabajando en algo semejante. —se lamenta la venezolana tomando un poco de ensalada. —Pero intuyo que lo que más le molesta son las personas con la que me relaciono gracias a este trabajo. No pueden, ni quieren entender, que me mezcle con gente que ellos consideran inferiores teniendo en cuenta que tiempo atrás, me relacionaba con la alta sociedad, e incluso en alguna ocasión con la realeza. Con vosotros puedo ser yo misma. No tengo que estar pendiente de manera constante que mi apariencia sea perfecta, ni tengo que escuchar conversaciones aburridas y superficiales. —explica ella.
Él sonríe.
—Muchas gracias en nombre de todos. ¿Pero es que ni siquiera tu madre te apoya? —se sorprende el socorrista.
—No. En el fondo es solo una pobre mujer, dominada por el amor que siente por mi padre. Está ciega de amor por él. Solo ve por sus ojos. Si bien es una mujer de carácter que de vez en cuando se enfrenta a él, mi padre, que es un ser dominante, autoritario, dominante y muy clasista, la termina convenciendo de lo que él quiere. No me gusta hablar así de él, pero mi padre es una mala persona. —se sincera Rosalinda mientras una mueca de asco aparece en su rostro. —No se mide y a veces hace daño a su propia familia. Como no tiene conciencia, ni vergüenza, nunca se arrepiente de lo que hace, ni pide perdón, pues considera que no ha hecho nada malo. —se confiesa la venezolana.
—¡Qué situación tan triste! —se compadece J. D. mirando a su compañera a los ojos.
Por la forma de hablar de Rosalinda, se podría pensar, sin temor a equivocarse, que sus progenitores le han hecho algo grave, un gran daño que ella no ha podido olvidar pero que calla.
Al estadounidense le gustaría saber de que se trata para poder ayudarla a superarlo, pero evita preguntar para no incomodarla, ni obligarla a recordar algo que le hace daño.
En Barcelona, Cassandra sale de su camerino, ya vestida para el comienzo de la gala y se dirige a maquillaje y peluquería, pero Carlos ya no se encuentra allí.
Su novio ya está en plató hablando con Francis, el coreógrafo.
Cuando la peluquera y el maquillador concluyen su trabajo con la bailarina, esta se dirige a plató donde se grabará el programa.
En plató...
—Carlos, tú y Cassandra, creo que sois los primeros en participar, así que prepárate para salir. —le explica Franklin a su representado.
—¿Lo haré cuando ella esté acá. —responde el artista.
—Pues hazlo ya. Cassandra acaba de llegar. —le explica su mánager.
El cantante se gira y la ve. La observa con detenimiento y sonríe.
—Estás preciosa. —le susurra al oído mientras sigue mirando a su novia con un vestido blanco, ajustado con ligero escote, su melena negra totalmente lisa y los labios maquillados de un potente tono rojo. —Carlos le besa la mejilla. —Si estuviéramos de solos...
—Si estuviéramos solos, ¿qué? —dice ella con picardía. —¿Acaso me vas a atacar con nocturnidad, nocturnidad y alevosía como hacen los vampiros? —bromea ella.
Carlos se ríe.
—Prefiero ser un mosquito para meterme por cualquier sitio, posarme encima tuya y picarte en según que partes. —le guiña un ojo Carlos. —Últimamente me tratas muy mal. —se queja él.
Cassandra le da un codazo y él se queja.
—Y lo que te queda. Necesitas que alguien te ponga firme. Tienes más de vampiro que de mosquito. Aunque para ser vampiro tienes muy buen aspecto. —se ríe ella.
—Es que yo soy un vampiro del trópico. —se ríe de nuevo el venezolano.
Todo el mundo corre a sus posiciones y las primeras notas de la sintonía del programa comienzan a sonar.
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